Estoy en la playa, sentada sobre la arena y de paso observando lo que acontece a mi alrededor. Aquí soy una turista más, por lo menos por ahora, no importa si vivo de manera permanente o sí solo estoy de paso. El color de mi piel alienta a los chicos que merodean por la playa a acercarse a mí con cautivadoras frases.
Lo que acontece en las playas de este país es un espectáculo particular.
Un mix de europeos jubilados, gordos y con bañadores apretados toman cerveza y comen patatas fritas, igual que hacen en España. Tumbados durante horas, girando sobre su propio eje en una de sus hamacas, como si fueran pollos en el horno. Tratando de alcanzar el preciado bronceado, aunque primero han de pasar por la horrorosa fase del rojo langostino.
A su vez, unas cuantas decenas de chicos se pasean entre los turistas intentando entretenerles con simpáticas gracias. Una niña de unos diez años camina por la orilla sujetando estoica y equilibradamente en su cabeza una bandeja, del tamaño de una paellera para seis, en la que porta cacahuetes, pistachos y otros frutos secos. Una obesa señora con acento alemán le chista a su paso para que pare. La niña sigilosa se acerca y le da una bolsa de cacahuetes. La señora postrada en la hamaca alarga ligeramente su brazo para recoger los frutos y entregarle su dinero. Podría ser Adriano, el emperador romano, desde su trono comiendo un racimo de uvas.
Mientras tanto estos chicos siguen intentando camelarse a mujeres que en todos los casos podrían ser sus madres y en otros tantos bien podrían ser sus abuelas.
Aunque tengo unas cuantas experiencias vividas en Gambia, todavía se me escapan cosas y me queda mucho por aprender. Pero no hay que ser muy lumbrera para darse cuenta de la cantidad de gente que coge un vuelo de cinco, seis o siete horas por motivos sexuales. O a lo mejor va en el pack de alguna «fantástica» agencia de viajes: Hotel + Transporte + posible affaire con un chico/chica veinte años menor.
La noche no mejora, solo endurece el panorama. Sí la playa y el día son sobretodo para las mujeres turistas. La noche es del hombre blanco con dinero. Hay ciertos momentos en los que el espectáculo a presenciar es bochornoso. Hombres de unos 60 a 70 años se sientan en banquetas pegadas a la barra, mientras chicas de distintos países de África occidental desfilan a su alrededor dejando que estos hombres posen sus lascivas miradas sobre ellas.
Obviamente Gambia es mucho más que esto, pero en este breve relato quiero dar constancia de la parte oscura de su turismo.
La esclavitud fue abolida hace años, pero la supremacía blanca permanece fuerte en este país ya no hay relación amo/sirviente pero sí que continúa la desigualdad y con ello la utilización de personas que se encuentran en desventaja