ATAYA

Son las siete de la tarde en una aldea, esta vez lejos de la costa.

Estoy en casa de los familiares de un buen amigo. Es pequeña, cementada y con techo de hojalata. No hay electricidad, no hay grifos de agua. El único grifo se encuentra afuera en la calle así como un pequeño baño. El salón está vestido de tres sofás roídos por el paso del tiempo. Tres estancias más, separadas por cortinas. Cada una de ellas con un colchón desgastado. Y al fondo se vislumbra la cocina, un hogar.

Empieza a anochecer así que mejor pasar el tiempo afuera sentados sobre esterillas compartiendo Ataya, el té típico de Senegal y Gambia. Un pequeño frontal ilumina el círculo en el que estamos sentados.

Por mucho que intente expresarme, no hay palabras para describir los sentimientos que me invaden. Es la hora de la cena y una niña de unos doce años al llegar de la escuela cocina con esmero arroz con pescado. Un pez del tamaño de una trucha para ocho. Por supuesto yo soy la primera en ser servida, soy la invitada y quieren darme lo mejor que tienen, me entregan un cuenco de arroz con el pescado en mi plato.

Insisto en que no tengo tanta hambre como para comerme el pescado, otra persona lo puede comer. Compartimos charla, aunque no entiendo el idioma y ellos no hablan inglés. Solo capto lo que mi amigo me va traduciendo, pero me miran, me sonríen y me dan las gracias una docena de veces por estar ahí y las gracias que yo les puedo devolver son muy poco en comparación a su hospitalidad.

El cabeza de esta familia es un señor de más de setenta años que todavía trabaja, ya que no tiene papeles que certifiquen su fecha de nacimiento y sin ellos no puede jubilarse y recibir su pequeña pensión. Increíble ¿no? Madruga todos los días para ir al puerto de Banjul a descargar contenedores y poder llevar algo de comer a casa. Aunque mucho antes de que acabe el mes ya habrán agotado el dinero en comida. Como pasa en la mayoría de familias de este país.

Su mujer trabaja el pequeño terreno que circunda la casa y me regala una lechuga fresca y una bolsa de cacahuetes que ella misma a recolectado.

Me siento impactada y triste, aunque intento disimularlo. Ellos ríen y hablan animadamente junto al fuego que hace hervir el té. No para de pasarme por la cabeza todo el dinero que he derrochado en tontadas. Fiestas, alcohol, ropa que no necesito y demás cacharros comprados en Amazon que acaban acumulados en algún rincón del armario. Collares, pulseras, pendientes perdidos…

La niña tiene una fiesta en la escuela, en la que todas las amigas de clase compraran una tela, todas la misma y se harán un vestido a juego, con el inmenso esfuerzo que eso supone a sus familias, aunque hablamos de cinco o seis euros. Coge el teléfono que le presta su madre¿Recordáis aquel Alcatel con antena que fue nuestro móvil de la adolescencia? Pues sigue en uso. La chica envía un SMS a su hermano que vive en Italia, hace cinco años que no se ven, desde el día en el que él, desesperado por la situación decidió atravesar el desierto y luego el mar para tener la oportunidad de ayudar a su familia.

La niña le pide que mande ya el dinero que suele enviar mensualmente a la familia, no quiere ser la única niña de clase sin vestido.

Entre tanto el té ha terminado de hervir.

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