Bilal abandona la casa. Tiene 30 años y lleva cinco en Europa. Tres de ellos en Italia y los dos últimos en Alemania. Dejó atrás una esposa y una niña recién nacida para coger una patera. Cuatro años tuvo que pasar sin verlas hasta que consiguió los papeles que le permitian volver a Gambia de visita y retornar a Europa sin problemas.
Ha estado un mes en total, por segundo año consecutivo disfrutando de la compañía de su esposa, hija, hermanos y amigos. Hoy vuelve una vez más a Alemania.
Se reza, se le pide a Dios protección en su viaje de vuelta. Y al despedirse le dan la mano izquierda que significa «vuelve pronto» y «Don’t be missed».
En frente de unas diez personas, el único gesto hacia su hija es un saludo con la mano y una sonrisa forzada. No quiere que ella se dé cuenta de este momento tan difícil. Y un abrazo muy sencillo y breve hacia su mujer pero con una mirada en la que se dicen todo. Finalmente se va en el taxi y se aleja de la vista. Su esposa entonces llora pero con disimulo pues la niña no debe darse cuenta. Por lo menos, no todavía.
Con mi más sincero gesto, aunque se con sirve de mucho. Un rato después me acerco a ella. Cambiamos los números de teléfono, le pido quedar de vez en cuando para tomar el té o un café con la excusa de necesitar amigas en el país